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EIZAGUIRRE. PORTEROS DE LEYENDA

Le llamaban “el ángel volador”.


 

Un apodo que resume más que su técnica o su destreza, un espíritu.

“Eizaguirre, Guillermo” es la leyenda que figura escrita al dorso de las tarjetas.

Guillermo Eizaguirre Olmos dicen las enciclopedias.

Guardameta del Sevilla Fútbol Club, único equipo de su carrera, desde la adolescencia hasta la madurez.


Retirado del balompié activo por la guerra civil, enrolado en la legión, afín a los sublevados, le llamaban también, en tiempos de la república, el “joven carlista”, por sus inclinaciones políticas, heredadas de su progenitor, D. Eugenio Eizaguirre, de ascendencia navarra, magistrado de la audiencia sevillana, temprano cultivador del “sport” en nuestra ciudad, que ya hiciera sus pinitos incluso como técnico del equipo blanco.

Guillermo Eizaguirre fue el primer gran ídolo de masas del sevillismo, auténtico crack mediático, al decir de estos tiempos, superior en popularidad a figuras legendarias como Spencer, Kinké, Ocaña o Campanal.


Héroe admirado de los fieles seguidores de Nervión, de los aficionados al fútbol de toda España … y de las señoritas en edad de merecer.

Porque Guillermito era todo un galán, una estrella “glamourosa”, más cinematográfica que futbolística.


Guapo, insolente, carismático, caprichoso …

Un perfecto maniquí, dueño de una plasticidad única e imperturbable, dentro y fuera del campo. Preocupado tanto de su peinado o de su indumentaria, como de cazar una pelota rebelde a los pies de un delantero rival.


Si entre los hombres provocaba admiración su juego volátil, ingrávido, elegante, apolíneo, entre las damas causaba furor su palmito, y esos jerséis espectaculares que se calzaba, como aquel de teselas en el pecho con el que conquistaría la Copa de España de 1.935.


Considerado uno de los mejores porteros, no ya de España, sino del mundo, padeció como nadie el imperio hegemónico de Ricardo Zamora, del que sería eterno suplente, alcanzando únicamente en tres ocasiones la internacionalidad absoluta. Eso sí, fue el único portero de la época capaz de sentar en el banco de la selección al “Divino”, porque las otras ocasiones en que el catalán no fue alineado en el once titular de la selección fueron siempre a causa de lesiones que le imposibilitaron jugar.

triste despedida por culpa de una aciaga tarde contra Austria, con derrota por cuatro goles a cinco en Madrid, cuando el “wunderteam” de Mathias Sindelar –llamado el “Mozart” del fútbol- y el halterófilo Karl Szesta arrasaba por toda Europa.

Era tal su carisma y su peso específico dentro del fútbol español que llegó incluso a viajar al Mundial de Italia de 1.934, junto con la expedición de jugadores seleccionados, pese a encontrarse lesionado con el brazo en cabestrillo, teniendo imposible participar. El propio Sevilla le pagó el viaje y la estancia, compartiendo experiencia con otros sevillistas como el entrenador, Ramón Encinas, el otro Guillermo, Campanal, y el medio izquierda Fede. Ambos jugaron en aquel campeonato, siendo los primeros mundialistas nervionenses, y Eizaguirre lo hubiera hecho también en el decisivo partido de cuartos para el desempate contra Italia si no hubiera estado lesionado, pues hubo de actuar finalmente el bilbaíno Blasco en sustitución de Ricardo Zamora.

Cuentan que tras la guerra, recibió múltiples presiones para retornar al fútbol activo, sobre todo para que ingresara en el Atlético Aviación de Madrid, equipo formado por elementos procedentes del ejército, como él, que dominaría el panorama futbolístico del país a principios de los cuarenta.

También dicen que le quiso el Madrid antes de la guerra, pero que el Sevilla se descolgó pidiendo una fortuna por él, cien mil pesetas, para torpedear su marcha. Los emisarios del club de la capital, para no marcharse de vacío, decidieron llevarse al titular del equipo vecino, un tal Espinosa, por quince mil pesetas.

Lo cierto es que Guillermo se mantuvo fiel a su Sevilla, donde siempre fue mimado como la estrella que era, y compensado también en lo material cuando hacía falta, imaginativamente, como entonces se hacía, ora con un reloj, ora con un automóvil.

Acaparó elogios desorbitados y grandilocuentes homenajes, también críticas severísimas, tal era su fama y la admiración que causaba.

Una vez, durante la Copa de España de 1.935, en aquella eliminatoria de cuartos contra el Real Madrid, tras el decisivo partido de vuelta en Chamartín, la prensa llegó a titular, ensalzando su actuación, “Guillermo Eizaguirre empata con el Real Madrid”.

En otra ocasión, en la Copa de Andalucía, siendo suplente debido a una inexplicable baja forma, tuvo que actuar en el partido final contra el Betis, cuajando un partido extraordinario que hizo que los aficionados lo sacaran a hombros del estadio.
 


Así era Guillermo.

Capaz de lo mejor, y a veces, también, las menos, de lo peor.

Su principal legado como jugador fue aportar al puesto de “goal-keeper” unas cualidades desconocidas en su tiempo: rapidez, agilidad, elasticidad, vuelo …, más propias de un gimnasta o de un artista del “Cirque du Soil” que del último centinela del equipo.

Guillermo Eizaguirre Olmos.

Su recuerdo permanece etéreo, grácil, ingrávido, como su fútbol, planeando por el cielo sevillano, dibujando un “plongeon” infinito en pos de un disparo imposible a la escuadra de la eternidad, o quizás, por qué no, llevado en hombros como tantas tardes de gloria por esos otros ángeles celestiales que se mueren de la envidia soñando con jugar de blanco sobre el césped de Nervión.

Tuvo un sensacional debut como internacional en Berlín, en la victoria española contra Alemania por uno a dos, siendo la máxima figura del equipo.

Y una
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